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Tito

Los animales son excepcionales, y quiero dedicar esta entrada a un amigo real y sincero que pasó por mi depa por tan sólo dos meses con diez días, de septiembre 3 de 2005 a noviembre 13 de 2005. Tito, un pequeño Pinscher Miniatura Arlequín, vivía en la horrible Unidad Habitacional Crisantemo 13, un lugar que merece mención aparte en este Blog, un lugar donde vive mi madre y en donde me pasé varios años de mi vida.Tito era de unos vecinos que nunca lo atendían, nunca le daban de comer, lo dejaban fuera de su depto, todo el día y la noche, y encima de todo, el pobre perrito estaba expuesto a las crueldades del medio: Perros más grandes, humanos crueles que lo maltrataban, “niños” sin escrúpulos por la vida natural y en general, gente insensible al dolor animal.

Un buen día de 2004, Tito desapareció de la Unidad, pues un señor al parecer se lo había llevado a vivir con él a Tlatelolco (la unidad siguiente) y creo que todos descansamos mentalmente del pendiente del pobre animalito y su situación en Crisantemo 13. Pero, al cabo de unos meses, Tito estaba de vuelta, supuestamente porque los antigüos dueños se enteraron de quien lo tenía y se lo pidieron, obligando al señor a regresarlo para “evitar problemas” Y entonces, en ese inter, se vinieron todos mis cambios encima, cambios que culminaron en que viviera solo en este depa. y bueno, decidí entonces capturar a Tito para rescatarlo y buscarle un bello hogar, haciendo caso omiso del contrato del depa. que espeta la prohibición de tener animales domésticos.

Me traje al pulgoso y comenzó esta hermosa relación que me ayudó en mis peores depresiones. Junto a Tito, conocí lugares agradables en la colonia Cuauhtémoc de esta ciudad, atrás de la embajada estadounidense, paseé con él dos horas diarias durante esos 70 días, una hora en la mañana y otra más en la tarde. Paseos imborrables de mi memoria en una super agradable compañía. Junto a Tito, lloré la ausencia de Ana, muchas veces, y él me consolaba con su presencia amorosa; junto a Tito tuve múltiples emociones todas ellas espontáneas, y lo más importante: Junto a Tito experimenté y disfruté la paz mental, él me la enseñó, me mostró el camino. Tito fué un pequeño gran maestro, y lo digo en serio.

Pensé en quedármelo, pero ya recibía presiones de la administración, pensé en mudarme de depto. pero aparte de no tener suficiente capital, reflexioné que eso era egoísta, pues Tito necesitaba espacio, un espacio que yo no podía darle: una casa con jardín, y alguien que estuviera con él siempre, pues no le gustaba quedarse solo encerrado en el depa. Así que empecé mi búsqueda de ese alguien especial. Por medio de Daria, amiga mía, conocí a Rocío, una bióloga que vive en Cuernavaca (además de ser sencilla y sensible con las criaturitas) y que rápidamente halló un hogar temporal para Tito, en esa ciudad. El caso es que. para Tito fué un gran y radical cambio a favor, ahora vive en una casa con sus nuevos compañeros, mientras tanto, yo lo extraño, pero si él está bien, yo me siento satisfecho,por lo cual espero la información de quién finalmente se lo ha quedado, ya les contaré el desenlace, por lo pronto, me retiro…

Más abusos “humanos”

TRÁFICO DE ANIMALES

Establecer una clara diferencia entre los denominados tráfico legal (regulado) e ilegal (permitido) de animales es, cuando menos, una muestra de desprecio hacia los derechos más básicos de éstos en tanto que individuos. El deseo de volar y de emparejarse es tan intenso en el loro del amazonas raptado de su hábitat, como lo es en el periquito adquirido en la tienda de mascotas de la esquina, que lleva ya varias generaciones de cautiverio. La adquisición consciente de animales en los llamados “establecimientos especializados” supone apoyar un cruel negocio del que sus protagonistas siempre son víctimas inocentes.

Pero la trata de animales que pertenecen a especies en peligro tiene connotaciones añadidas. Junto con el tráfico de armas y de drogas, el tráfico ilegal de animales o de sus restos está considerado como uno de los negocios internacionales más rentables.

La demanda existente en los países ricos es el detonante de todo el proceso. El precio final es muy alto, y a los proveedores iniciales se les paga un bajo precio en su calidad de pobres. La etapa intermedia es la que enriquece a los traficantes, que presionan a aquellos que capturan a los animales para que envíen el máximo número de ellos, descuidando las condiciones en que lo hacen.

Así, no es de extrañar que, según especies, existan casos en los que hasta el ochenta por ciento de los ejemplares mueren durante el viaje. Tal vez sea porque muchos son envueltos en papel de periódico como si fueran bocadillos, o introducidos en masa en pequeñas maletas. Basta con que una pequeña proporción llegue a su destino final, para que las cuentas salgan.

No es difícil llegar a la conclusión de que los proveedores iniciales ven en éste nuevo negocio una forma fácil y rápida de hacer dinero, que además se desarrolla en un medio que ellos conocen bien, por lo que les resulta atractivo. Pero no tienen en cuenta que esquilman la selva de manera brutal.

No tienen inconveniente en talar árboles si sospechan que pueden conseguir un par de polladas, a las que alimentan sin ningún tipo de cuidado hasta el punto de introducirles la papilla en los pulmones y matarlos.

Hablar de “suerte” para aquellos individuos que consiguen sobrevivir a esta deportación masiva, es poco más que una cruel ironía. El resto de su vida permanecerá en un sucio terrario o en una diminuta jaula. Volar o huir del enemigo se convierten, respectivamente, en una ilusión y en un imposible. Su mundo se reducirá a la cortina del salón, al trocito de asfalto que se deja ver desde la ventana y a un constante viaje de ida y vuelta hasta la cocina.

Los animales no son nuestros, y no tenemos ningún derecho a condenarles al cautiverio perpetuo.

ANIMALES DE TRABAJO

Tendemos a pensar que, en los países industrializados, los animales de trabajo han pasado a ser historia, pero lo cierto es que se les sigue explotando en campos como la búsqueda de droga o la ayuda a minusválidos. Estas realidades esconden una realidad menos sugerente de lo que parecen en un principio.

En una parte significativa del planeta, los animales destinados a labores agrícolas o de transporte siguen siendo maltratados hasta la extenuación, tratados sin respeto, y no teniendo en cuenta sus más elementales derechos. Quienes los explotan suelen vivir en una pobreza extrema, pero ello no les exime de ciertas obligaciones para con ellos, al menos una consideración similar a la que exigen para sí mismos.
La relación entre dueño y animal de trabajo suele estar basado en la violencia. Latigazo para echar a andar, para parar, para indicarle girar a la derecha o para arrodillarse. Burros, elefantes, camellos o bueyes, no hay gran diferencia. Todos son sojuzgados para beneficio del hombre. Suponer que las sociedades esclavistas han sido erradicadas implica tener un concepto del fenómeno seriamente limitado.

La idea cultural que se tiene de algunos de estos animales les convierte directamente en seres objeto. Los burros son apaleados incluso cuando ya no sirven para acarrear pesadas cargas. Los elefantes son tratados como inmensas moles de carne sin sentimientos, creyendo que, por su dimensión, no les afecta el golpe con la barra metálica. Algunos de estos gigantones acaban con tal grado de frustración por el constante trabajo al que son obligados que, en el sudeste asiático, se han puesto en marcha algunas iniciativas para recuperarlos mediante tratamiento psicológico.

A los animales de trabajo ni siquiera se les ofrece una jubilación digna. En muchos casos, cuando llega el momento de retirarlos, simplemente se llevan al matadero, se venden a bajo precio a los mozos del pueblo para una juerga final, o a personas que les seguirán explotando en números callejeros ridículos.

ANIMALES URBANOS

Algunos animales se han adaptado de tal manera a la sociedad humana, que únicamente subsisten en entornos urbanos, donde viven en muchas ocasiones de nuestros desperdicios. Palomas, ratas, gorriones y algunas especies de córvidos son ejemplos de lo que podríamos llamar “animales autodomesticados”.

En el caso de las palomas, llegan a causar daños en edificios y estatuas, pero el perjuicio no llega a ser equiparable al que les causamos nosotros a ellas con la captura y el gaseamiento masivo de las campañas anuales de los ayuntamientos, que ponen en práctica así una suerte de ofrenda política a ese sector social al que todo le molesta y que asume la queja como un estilo de vida. Ni la elección de la paloma como representación de la paz y la concordia son suficientes para que las respetemos, asumiendo así una visión esquizofrénica de los animales, a los que convertimos al mismo tiempo en símbolo y objeto a exterminar.

Es difícil encontrar un animal que despierte tanta antipatía como las ratas con las que compartimos la ciudad. Si posicionarse del lado de los animales en general se asume por muchos como una ofensa hacia el sufrimiento humano, hacerlo a favor de las ratas es asumido por la gente como un signo inequívoco de desequilibrio mental incurable.

Pero las ratas, independientemente de nuestros prejuicios estéticos, son seres sensibles, que se emparejan y dan de mamar a sus pequeños, que gozan con situaciones agradables, y sufren con las sustancias anticoagulantes tanto como pueda hacerlo el alcalde del municipio que las extermina de manera constante. La guerra contra las ratas es una guerra sin cuartel, pero ellas proliferan gracias a nuestro estilo de vida opulento, y deberíamos permitirles su cuota en este festín. A pesar de que no se dan a conocer, existen métodos no agresivos que las mantendrían alejadas de nuestra vista. Mientras no asumamos un interés honesto por ponerlos en práctica, nuestra autoridad moral para causarles daño es, cuando menos, muy dudosa.

ACTOS REIVINDICATIVOS, RITOS, PUBLICIDAD, SEXO, ARTE, CREENCIAS, MODA EXTRAVAGANTE…..

La utilización de animales en nuestras vidas no tiene límites. Además de aquellos campos en los que son empleados de manera masiva y para objetivos concretos (comida, piel, entretenimiento, experimentación) existen numerosas formas no regladas de usarlos.

Así, sirven de reclamo publicitario en actos reivindicativos: vacas y cerdos en manifestaciones de agricultores, pintadas hechas sobre lomos de caballos, gatos muertos que se dejan como amenaza a la puerta de los enemigos políticos, burros en los que se representa la idiotez y la limitación mental. Simplemente resulta ofensivo para ellos (y para nosotros) utilizar animales en este tipo de escenificaciones. Ellos no tienen por qué soportar la angustia y el desconcierto de tales situaciones para que nosotros reivindiquemos derechos con toda seguridad justos.

Los animales representan, igualmente, a todo tipo de entes malignos a los que combatimos mediante su sacrificio y/o tortura. La sacrosanta racionalidad con la que se nos llena la boca queda patéticamente en entredicho cuando creemos a pies juntillas que rebanándole el cuello a un gallo vamos a apaciguar a no se sabe qué Dios. Murciélagos, sapos, culebras o insectos han sido absurdamente satanizados y, como consecuencia de ello, perseguidos hasta límites que rayan con la demencia social. La realidad es que se trata de seres normales, con sus vidas y sus intereses, entre los que destaca el interés supremo: a no sufrir.

La en apariencia inocente publicidad puede incluso torturar animales para conseguir la imagen deseada. Detrás del anuncio más o menos ingenioso, se esconden muchas veces largas horas de sacrificio animal. Candorosos cachorros a los que se les impide dormir o comer para que lo hagan en el momento adecuado y con la intensidad adecuada, felinos y caballos a los que se obliga a correr sobre un asfalto humeante, o a los que se asusta repetidamente para captar determinada imagen. Y, si se trata de animales a los que colocamos en un bajo nivel en el escalafón moral, como insectos, gusanos o ratones, es muy probable que acaben muriendo. El glamour de la publicidad esconde un aspecto oscuro tras la explotación de sus protagonistas animales.

El terreno de las relaciones sexuales (y de las parafilias en general) no podían quedarse al margen de la utilización de los animales como simples recursos y objetos de consumo. Así, desde perros y caballos hasta cerdos y anguilas son empleados para grabar películas pornográficas o en espectáculos en vivo. Ellos no son capaces de dar un consentimiento razonado para tales prácticas, por lo que no tenemos más derecho a utilizarlos para ese fin del que tendríamos para hacer lo propio con seres humanos que padezcan un retraso mental severo.

El mundo de la moda, al margen de la utilización de productos como la piel, usa y abusa de los animales, sobre todo en lo referente a su empleo como complementos estéticos. No es difícil ver cómo en las pasarelas se obliga a determinados animales a acompañar a las y los modelos: desde perros desconcertados hasta felinos paralizados por el terror de un entorno para ellos agresivo.

La extravagancia no tiene límites. Y la desconsideración hacia quienes no pueden defenderse, tampoco. Se han llegado a introducir peces vivos en sostenes de plástico transparente y con agua, así como ratones en las suelas de cristal de unos zapatos.

Ni la expresión artística prescinde de ellos. Cadáveres seccionados o colgando del techo de la sala de exposiciones, serpientes que ocupan terrarios llenos de billetes de banco, guacamayos. Incluso el sacrifico ritual de animales de abasto, en una escenificación más propia de una secta satánica que de un artista cuerdo.

Si el filósofo que identificaba este mundo con un infierno para los animales tuviera oportunidad de darse una vuelta por el mundo actual, asumiría su reflexión como una evaluación moderada del fenómeno.

Y así damos por terminada esta pesada y horrenda reflexión sobre nuestro trato hacia los animales, estas son realidades que en plena actualidad están y estarán más que vigentes y son practicadas por humanos como nosotros. No entiendo porqué el humano ha tenido el poder de decidir y actuar sobre otros seres convencido de ser superior, espero firmemente un castigo natural –como si tal cosa existiese– para nuestra raza criminal y me siento infinitamente triste de saberme humano y colaborador de alguna u otra manera de estas situaciones. Repito, el suicidio colectivo en aras del planeta y de sus seres sería una buena solución pero, ¿quiénes tenemos el valor y la honestidad como para siquiera pensarlo? Nooo, por el contrario, seguimos planificando las acciones que hemos de emprender en nuestras absurdas vidas, poniendo en ello todo nuestro empeño, y preferimos no ahobdar en estos temas porque además, estamos convencidos de que no podemos hacer nada más… Por lo tanto, seguiré efectuando estupideces, perdón “importantes actividades humanas” mientras me quede vida, que espero no sea mucha.

La industria peletera

Hubo un tiempo en el que resultaba imprescindible causar daño a los animales para obtener algunas cosas de ellos, entre otras su piel. Se trataba de un mero ejercicio de autodefensa. Pero se trata de épocas muy lejanas, que nos retrotraen a escenas prehistóricas. Nuestro sentido de la ética debería habernos hecho entender que vestir la piel de otros pertenece a capítulos superados de nuestra historia evolutiva. Pero el egoísmo propio de nuestra especie aflora de nuevo para hacer de la industria peletera un negocio que sólo consigue satisfacer la vanidad de quienes visten el producto resultante.

Cuando desde el discurso animalista se hace referencia a la industria de las pieles, por lo general se entiende que se trata del negocio de las llamadas “pieles finas” o “de lujo”, es decir, aquellas cuya adquisición responde más a un consumo caprichoso que a verdaderas necesidades de primer orden, como puede ser el hecho en sí de proteger nuestros cuerpos con prendas de abrigo. Sin embargo, parece claro que la piel de los terneros o de las cabras, o la lana de las ovejas, tiene para ellos la misma función que para visones o armiños, por lo que resulta plausible la postura de quienes rehusan utilizar todo tipo de prendas de origen animal.Siendo así, tampoco debemos olvidar que, en el caso de las pieles que provienen del matadero, el factor limitante no es tanto la piel (considerada como un subproducto cuyo valor económico supone aproximadamente un 15% del total) sino el boicot a la carne.

La industria de las pieles de lujo está concebida para obtener como producto final la piel de los animales explotados, objeto de gran valor en el mercado de las vanidades, lo que convierte a este negocio en algo éticamente sucio.

Los animales que nutren la demanda provienen principalmente de dos fuentes: o bien del entorno natural, o de granjas específicamente diseñadas para el manejo y sacrificio de los animales.

A pesar de que la propaganda peletera muestra especial interés en que la gente crea que no se capturan animales en libertad, lo cierto es que cada año varios millones de ellos caen en trampas de todo tipo, que les provocan unos sufrimientos atroces. Hasta no hace muchos años, la piel proveniente de este tipo de capturas engrosaba una buena parte del mercado, con lo que no resulta fácil resistirse a perder tan suculento negocio. Por ello, siempre se encuentran las vías adecuadas para introducir en el circuito grandes partidas de pieles cuyos legítimos dueños vivían en libertad.

La existencia de estos seres cambia para siempre en el momento en que tienen la fatalidad de pisar la trampa. El susto inicial apenas dura un segundo, para dar paso a un insoportable dolor físico. La reacción natural es tratar de zafarse inmediatamente del endemoniado objeto (sea éste un lazo de cuerda o un cepo metálico), lo que comienza a rasgar la piel y los músculos de la zona afectada.

Esta infructuosa lucha dura por lo general horas, y el hecho de que los animales no consigan entender qué les sucede no hace sino aportar una cuota de sufrimiento psicológico añadido. La respuesta de la víctima puede llegar a observar ciertas diferencias en función de la especie, pero, por lo general, llega un momento en que los animales se abandonan a su suerte, entrando en lo que científicamente se denomina “síndrome de claudicación”.

Aunque el sufrimiento sea extremo, poco más pueden hacer. O tal vez sí. Comenzar a roer su propio miembro hasta seccionarlo, liberándose así de la trampa. Las heridas provocadas son tan severas que lo más probable es que se produzca una necrosis, con la consiguiente infección y muerte. El proceso dura semanas, y en realidad convierte a los últimos días del pobre animal en una lenta y dolorosa agonía. Aquellos que consiguen sobrevivir a este trauma, se convierten en unos discapacitados que les coloca en inferioridad de condiciones respecto a sus competidores, con lo que su futuro siempre será incierto.

Y a quienes no consiguen quitarse el cepo o el lazo, lo mejor que les puede suceder es que el trampero aparezca cuanto antes y acabe con él. Lo malo es que ésto puede suceder hasta varios días después del chasquido inicial. El objetivo último del operario es claro: no dañar la piel. En consecuencia, utilizara cualquier método para que el “material” quede intacto. Apalear su cabeza o ponerse encima para ahogarlo puede no ser muy estético, pero funciona. El sufrimiento que se inflija al animal carece de importancia. A toda esta locura deben añadirse los “efectos colaterales”, como la destrucción de familias (muchos animales se emparejan para toda la vida) o la muerte por inanición de los cachorros que puedan estar dependiendo en esa época de los padres.

Bajo la etiqueta de “piel ecológica” (la proveniente de animales criados en cautividad) se esconde un cruel engaño a los consumidores, a los que se transmite la idea de que, mientras el producto no provoque la desaparición de especies, el comercio es legítimo. Si mucha gente conociera las condiciones de vida que tienen que soportar los inquilinos de las granjas de producción, tal vez se lo pensaran dos veces.

La cruda realidad es que la piel “ecológica” deja tras de sí una cantidad de sufrimiento notablemente superior a la que podríamos denominar “silvestre”, por la sencilla razón de que los animales estabulados soportan una explotación extrema. Una fórmula eficaz para evaluar tal situación consiste en comparar su vida en libertad y la que se les ofrece en su eterno encierro. Así, mientras en su medio natural suelen recorrer grandes distancias, en las granjas su territorio se limita a una jaula infecta que tienen que compartir con otros compañeros.

El carácter solitario de algunas especies hace que el hecho de tener que convivir constantemente con otros individuos, supone para ellos una tortura añadida. Las especies acuáticas jamás tienen acceso a nada que se parezca a una charca o a un río, y deben soportar temperaturas extremas tanto en verano como en invierno. Los animales silvestres son por lo general muy asustadizos, pero en los barracones no tienen posibilidad alguna de huir de aquellos a los que consideran enemigos. Las patas están adaptadas al medio en el que desarrollan su vida natural, pero en la jaula el suelo es de rejilla, para que las heces caigan directamente fuera de ella, facilitando así la labor de los operarios.

Las patas se llagan y se infectan, pero por lo general la hora del sacrificio llega antes que la muerte por gangrena, por lo que no reciben ningún tipo de cuidado. El negocio es el negocio. Se trata de animales carnívoros, que capturan a sus presas, mientras que en cautividad reciben una alimentación basada en papillas, lo que les provoca constantes diarreas y trastornos digestivos. Pero lo que importa es el producto final, la piel, y para ello el último paso es el sacrificio. Este episodio, como no podía ser de otra forma, se convierte en una chapucera brutalidad.

Los métodos utilizados tienden siempre a no dañar la piel, por lo que estos desdichados animales acaban sus vidas en una cámara de gas (en realidad, una cutre instalación cerrada a la que se conecta el motor de un coche en marcha), electrocutados o simplemente estrangulados. En una situación de violencia tan extrema, resulta comprensible que las víctimas intenten de escapar o zafarse de sus torturadores, por lo que éstos prefieren evitar ser mordidos manipulándolos sin ningún tipo de consideración ni cuidado. Desde la óptica del empresario, no tiene sentido ralentizar el proceso si ello significa pérdidas económicas.

Todo vale en la industria de la peletería de lujo. Incluso la manipulación genética para obtener animales con mayor superficie de piel, patas más cortas, aunque sea a costa de que apenas pueda andar y sean casi ciegos. Este negocio no es, en un plano moral, más justificable que el comercio de armas o de drogas.

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